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La simbiosis en el mar

En la compleja sociedad que tiene lugar debajo del agua, se vive al límite. Los peligros acechan por todas partes, hay muy pocos aliados y una gran cantidad de enemigos y muchas de las crías tienen que sobrevivir, desde que nacen, sin ayuda de sus padres.

En un ambiente tan estresante, es una buena idea buscarse un amigo que te ayude, un socio con el que puedas contar o, simplemente, alguien del que aprovecharse.

Si hablamos con propiedad, a este fenómeno se le llama simbiosis. Como suele ocurrir, si nos vamos al griego para indagar en su etimología, tenemos una pista poética del significado. En este caso: Sim significa junto y bios, vida. Como nosotros, los habitantes del mar necesitan compañía para que el mundo se haga un poco más llevadero.

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La necesidad vital más importante es la alimentación,  por lo que la mayoría de estas relaciones simbióticas se basan en la búsqueda de alimento: son las que se denominan tróficas, aunque también tenemos a los autoestopistas (foresis) que utilizan otros animales como medio de transporte, o los okupas (endoceismo), que se aprovechan de otros animales para conseguir refugio.

La simbiosis ocurre habitualmente entre diferentes especies, con distintas cualidades, y pueden ser temporales o durar toda una vida.

Encontramos tres tipos: mutualismo, comensalismo o parasitismo, cuya diferencia estriba en si ambas partes salen beneficiadas o directamente es una la que se aprovecha de la otra.

Mutualismo

Es la más amable de todas, pues aquí los dos individuos salen beneficiados. Uno de los ejemplos más claros son las estaciones de limpieza:

En todo arrecife de coral existen animales limpiadores, como peces, gambas o cangrejos. Muchas veces “trabajan” en sitios predeterminados, las conocidas estaciones de limpieza. A ella van los peces voluntariamente cuando necesitan un “servicio” y, para llamar la atención de los trabajadores, los clientes pueden cambiar de posición o incluso de color. A veces incluso se pueden observar largas filas de animales esperando a ser atendidos. Los peces limpiadores se alimentan de parásitos y pieles muertas, así que es fácil adivinar por qué en esta interacción, todos salen ganando.

Como curiosidad, también existen los “falsos limpiadores”. Peces con un patrón de color similar al de los auténticos, que utilizan para escapar de los depredadores o, directamente, para alimentarse a base de bocaditos de carne (totalmente sana) de sus confiadas víctimas.

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Otra relación mutualista imprescindible en el arrecife es la de los pólipos de coral con el alga zooxantela que, a cambio del dióxido de carbono que adquiere del coral, le ofrece aminoácidos y oxígeno. Este intercambio es tan importante que el coral, sin la zooxantela, inevitablemente muere.

El pez payaso y la anémona también constituyen una de las parejas mutualistas más conocidas. Los ya conocidos como “nemos” viven en la anémona, a cuyos tentáculos urticantes se van acostumbrado poco a poco gracias al desarrollo de una mucosa especial. Así que, ahí están bien protegidos de sus depredadores. A cambio, el continuo aleteo de estos pequeños peces ayuda a oxigenar la anémona, la mantiene limpia de parásitos y libre de intrusos.

Los cangrejos ermitaños también sacan ventaja de las células urticantes de un tipo de anémona, la calliactis parasitica. Para protegerse, los ermitaños desprenden a la anémona del sustrato y la colocan sobre su caparazón.  Ella, a cambio, se aprovecha de los restos de comida y viaja, sin problemas, por el medio marino.

Comensalismo

Este tipo de relaciones suceden cuando un animal se aprovecha de otro que, a cambio, no recibe ningún tipo de beneficio, aunque tampoco sale especialmente perjudicado.

Suele ocurrir con las rémoras, que, gracias a una aleta dorsal que actúa como una ventosa, utilizan a otros animales, como tiburones o tortugas, para transportarse, protegerse y, ya de paso, se alimentan de sus sobras. Según algunos estudios, los delfines saltan más cuando van acompañados de rémoras, por lo que se podría deducir que les resulta algo molesto, no en vano, rémora, en latín, significa “estorbo”.

Otro tipo de relación comensalista es la de los peces perla, que utilizan, como refugio preferido, el ano de los pepinos de mar. No contentos con esto, además, se alimentan de sus gónadas. Pese a lo que pueda parecer en un primer momento, los gustos culinarios y residenciales de los peces perla no producen ningún daño a las holoturias, ya que pueden regenerar sus órganos internos.
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Parasitismo

La última relación simbiótica es el parasitismo. En ella, uno de los animales se aprovecha del otro causándole un daño que, en ocasiones, puede incluso producir la muerte de la víctima.

Uno de los más conocidos es el piojo de mar, un pequeño crustáceo que utiliza los ganchos de sus patas para agarrarse a algunos peces, normalmente lábridos, a los que succiona la sangre.

Otro ejemplo son las lámpreas, uno de los peces más primitivos que existen. Su cuerpo tiene forma cilíndrica y termina en una boca con varios círculos concéntricos de dientes, con los que se agarran a su presa para beber su sangre.

El fondo del mar no es tan diferente a la superficie. Los animales forman relaciones complejas de las maneras más originales y fascinantes que nos podamos imaginar. La vida submarina, con sus héroes, villanos, aliados y víctimas, es digna del más enrevesado de los cuentos.

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