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El gran problema del Mar Menor

El Mar Menor en realidad no es un mar, sino una laguna de agua salada, y no una cualquiera: la más grande de Europa. Es también vecina del  Mediterráneo, del que la separa un estrecho “tabique” de tierra.

Esta laguna es la digna poseedora de 170 km²  de agua con unas condiciones especiales: por su alta salinidad, temperatura cálida, ausencia de oleaje y poca profundidad (con una máxima de 7 metros). Tan especiales que le han dotado históricamente de una biodiversidad privilegiada, digna de  grandes títulos, entre ellos el de Parque Natural, humedal Ramsar, Zona Especialmente Protegida de Importancia para el Mediterráneo, Zona de Especial Protección para las Aves, o Lugar de Importancia para la Conservación dentro de la red Natura 2000.

Debe ser que todo esto no son nada más que eso, títulos, porque para conservarlo como se merece, desde luego, no han servido. El Mar Menor tiene ahora un problema mayor, se ha convertido en una laguna fangosa de agua verde que pierde vida a pasos de gigante.

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Pero volvamos a cuándo todo iba bien:

¿Por qué es tan especial el Mar Menor?

El Mar Menor ha sido, históricamente, una fuente de recursos naturales y un foco de interés de desarrollo científico. Además de su alta salinidad, sus aguas poseen una gran cantidad de calcio, magnesio, potasio y flúor. En ellas, sobre el fondo fangoso, vivían más de ochenta especies diferentes de algas, sin contar con plantas como la cymodocea nodosa que, además de servir de soporte para otros seres vivos, es el lugar que escogen algunas especies de invertebrados para dejar sus huevos o uno de los escondites preferidos por los caballitos de mar de la zona. Las características tan particulares de esta laguna hacen que la diversidad de animales marinos sea limitada, pero sí que podía presumir de una multitud de ejemplares de cada familia, entre los que se encuentran distintos tipos de moluscos, anélidos o unas 45 especies de peces, con protagonismo de los sardos, gobios o los ya mencionados caballitos de mar.

La convención de Ramsar se dedica a la conservación de los humedales, ya que componen algunos de los ecosistemas más productivos. El caso del Mar Menor es  especialmente importante porque sirve como lugar de migración y nidificación  para unas 175 especies de aves, 82 de ellas acuáticas.

¿Qué está pasando?

Básicamente, el Mar Menor se ha convertido en una sopa verde que destruye toda forma de vida que habita en su interior. Pero vamos por partes:

A simple vista, sí, el Mar Menor es verde y, de hecho, el olor del agua no es el mejor, pero el mayor problema no es ese, aunque sí el que está haciendo temblar al sector turístico de la zona. El mayor problema es la pérdida de algas, plantas, peces y, en general, vida marina, que esto está ocasionando.

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Eutrofización es la palabra clave. Significa que el mar tiene demasiados nutrientes, por lo que microorganismos, como el fitoplancton, proliferan sin control. Esto tiene dos consecuencias: los habitantes de este ecosistema no pueden hacer frente a este exceso de organismos, pero además, la luz no llega al fondo, con lo que las plantas no son capaces de realizar la fotosíntesis, y ahí tenemos la espiral de caos que conduce a este apocalipsis subacuático. Se estima que ya se ha perdido el 85 % de la vegetación marina, con las nefastas consecuencias que esto acarrea para el ecosistema de la zona.

¿Por qué?

Obviamente, la mano humana es la principal culpable. La eutrofización no ha ocurrido de manera espontánea, la hemos provocado nosotros.

Cartagena cuenta con unos 1.200 km² de terreno de cultivo. El agua que utilizan para regar termina, con un extra de abono y sales minerales, en la laguna del Mar Menor. Aunque esta es principalmente la causante de la desgracia medioambiental, no es la única: los vertidos contaminantes y las aguas residuales, cada vez en mayores cantidades debido al desmesurado desarrollo urbanístico en la región, han contribuido a agravar el declive de la laguna. Plataformas como Pacto por el Mar Menor o la comunidad científica  llevan denunciando los hechos desde hace más de veinte años ante la mirada impasible de las instituciones, la comunidad y la Confederación Hidrográfica del Segura. No ha sido hasta 2013 cuando el Instituto Español de Oceanografía y la ONG Asociación Naturalistas del Sureste (ANSE) han comenzado a estudiar el caso.
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¿Y ahora, qué?

En palabras del profesor de Ecología de la Universidad de Murcia, Miguel Ángel Esteve: «Hemos acabado con millones de especies protegidas por plantar lechugas y somos el hazmerreír de la política ambiental en Europa.”

Declaraciones tan gráficas como reales, pues la recuperación de la laguna no ocurrirá hasta dentro de décadas, y no hay garantías de que vuelva a ser lo que una vez fue. La gran medida a tomar, según los expertos, sería  la reestructuración del modelo agrario del campo de Cartagena. Obviamente, no puede ser la única.

El Mar Menor es una muestra de cómo los intereses económicos están por encima de los ambientales, y las administraciones públicas obedecen al mejor postor, rara vez a la conservación del medio ambiente.

Habrá que esperar décadas para comprobar si el Mar Menor resucita de entre los muertos o, por el contrario, acaba uniéndose a ellos.

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