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Cetáceos en cautiverio

A todos nos gustan los cetáceos, ¿cómo no? son muy inteligentes, juguetones y, por si fuera poco, su aspecto nos resulta simpático. La prueba del éxito de estos animales entre el gran público es la gran acogida de los espectáculos en los que son los protagonistas; pero si de verdad nos importan, lo mejor que podemos hacer es evitar este tipo de shows. No, no les estamos haciendo ningún favor, más bien todo lo contrario.

Libertad VS Cautiverio

Para entender el problema que supone mantener cetáceos encerrados, hay que partir de sus hábitos cuando están en libertad. Incluso nosotros preferimos el mar a una piscina, y eso que no es nuestro medio natural y la mayor parte del océano escapa a nuestro alcance. Por supuesto, para ellos el trauma resulta mucho más grave:

Un delfín en libertad nada, mucho, sin parar: se estima que de media unos 150 km al día, llegando a bajar a profundidades de hasta 500 metros. La mayoría de las veces nadan incluso cuando están dormidos. Son inteligentes, juegan, socializan, hablan de sus cosas con su familia. Sin embargo, un animal en un tanque de agua, con suerte, da vueltas en círculo una y otra vez.

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Obviamente, esta falta de estímulos tiene consecuencias, tanto a nivel físico como psicológico:

Si nos fijamos en los espectáculos de orcas, la aleta dorsal del animal suele estar atrofiada. Esto es especialmente notable en el caso de los machos. La hipótesis más respaldada sostiene que esto ocurre debido a la poca profundidad del tanque, y el hecho de nadar siempre en círculos.

Por otro lado, los delfines y orcas en libertad tienen un sistema muy avanzado de ecolocalización, o su propio sonar personal. Es decir, emiten ondas sonoras para a continuación recoger el eco. Gracias a esto se orientan debajo del agua y detectan la posición y tamaño de posibles presas. Por supuesto, en una piscina hacer esto no tiene sentido, así que dejan de utilizar este superpóder que la naturaleza les ha regalado.

No solo eso, sino que no necesitan buscar alimento, ya se lo proporcionan sus entrenadores. cuando ellos quieren, claro, ya que lo utilizan como refuerzo positivo cuando los cetáceos consiguen aprender ciertos trucos. Su dieta en cautividad es de una variedad muy limitada, tras realizar actividades extrañas  para ellos y que, además, evita que desarrollen su instinto de caza.

En resumen, tenemos a animales atrofiados, aburridos, que no utilizan ni la mitad de su potencial y con un déficit alimentario muy acusado; orcas  y delfines estresados y deprimidos debido a la falta de estímulos, obligados a realizar comportamientos que nada tienen que ver con su naturaleza (ser usados como tablas de surf por los entrenadores, nadar con la aleta caudal, atravesar aros en el aire…) a cambio de una alimentación deficiente. Y sí, realizan espectáculos, bajo una música atronadora y palmadas y risas de los espectadores. Ya sabemos que el sentido del oído de los cetáceos está muy, muy, desarrollado. Ruidos como el del sistema de filtración del agua han llegado a provocarles graves ataques de pánico, a veces incluso la muerte, así que ya podéis imaginaros lo que les pueden motivar los aplausos y la música que les rodean cada día, casi constantemente. Una auténtica tortura digna de Guantánamo.

El medio en el que viven tampoco tiene nada que ver con el agua del mar. Muchas veces la del tanque es dulce, con sal añadida, y, por supuesto, compuestos químicos, que dañan la piel y órganos internos de los animales.

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Problemas de salud

Debido a todos estos hechos la salud de los cetáceos en cautividad, tanto física como mental, está muy deteriorada. Los cuidadores lo saben, por lo que les suministran medicamentos de manera habitual, incluyendo antidepresivos, y les someten a procedimientos médicos, como endoscopias o hidratación forzosa, que sin duda resultan muy desagradables para el animal.

A los dueños de los delfinarios les encanta alardear de lo bien que cuidan a sus animales, incluida la salud dental, pero la realidad es que los cetáceos en libertad, obviamente, no necesitan ir al dentista. Lo que ocurre durante el cautiverio es que están tan estresados que tienden a morder los  barrotes, además de las frecuentes peleas entre ellos; y es que los animales de un centro acuático no suelen establecer amistades. Los delfines y orcas que viven en libertad tienen estructuras familiares muy sólidas y complejas, construyen su propia identidad en relación al resto de componentes del grupo. En el caso de las orcas, conviven en una especie de matriarcado en el que hasta 4 o 5 generaciones de la misma familia viajan unidas. Su lenguaje es aprendido, y evoluciona, por lo que se acaban formando diferentes dialectos en distintos grupos. Cuando se caza a un cetáceo salvaje para encarcelarlo de por vida, no solo le afecta a él, desestabiliza a todo el grupo. Separar a una orca de su madre es una crueldad enorme, ya que todos los implicados son conscientes de lo que está sucediendo.

Evidentemente, los métodos de captura son salvajes y traumáticos, muchos animales no sobreviven. El viaje hasta el destino final puede durar días, y una vez allí, tienen que enfrentarse a otros cetáceos que no conocen, y a los que tampoco entienden. El resultado es que los ataques entre ellos son más que habituales. Esto incluye agresiones a los entrenadores, más graves en el caso de las orcas. No hay registros de muertes humanas por conductas agresivas en libertad, es algo que solo ocurre en cautividad, cuando el animal está estresado y en unas condiciones de vida durísimas.

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Encerrar delfines y orcas y obligarlos a realizar espectáculos solo puede entenderse desde el capitalismo más inhumano y salvaje. Si de verdad, de verdad, amamos a los cetáceos, no seamos cómplices. Los delfines no juegan con pelotas, no son felices, no es educativo. Es simplemente una industria que encarcela animales por dinero, los tortura y reduce considerablemente su esperanza de vida. Se merecen una existencia mejor. Merecen libertad.

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